La escuela

11 de enero de 7, miércoles

El primer día de escuela

Ha sido raro, porque no sabíamos cómo empezar. Lucía se sabía unas cosas, Ratón no sabe ni coger el lápiz, Marcos dice que quiere aprender a leer bien, pero a escribir no, que no le hace falta. Kaylee quiere aprender también lo de los animales, aunque habíamos quedado en aprender a leer primero y que luego cada uno aprendiera por su cuenta. Ana quiere empezar aprendiendo la hora, aunque ninguno de sus 35 relojes funcionan, y Fede se queda callado mirando al techo del refugio. Les quise hacer una cosas muy mala, no te digo lo que era, pero tenía que ver con una sierra de madera y un martillo pilón, violencia vengativa, jua, jua, jua, y risas malvadas.

Pero al final me contuve y saqué un libro de criar gallinas. Eso hizo feliz a Kaylee, —sorpresa —, y a Marcos. A Ratón también porque les gustan las gallinas. Luego me puse al lado de Fede para que dejara de hacer el tonto y pudimos empezar la clase. Fue todo muy lento porque leen muy mal y les costaba. Hasta me parecía que eran como abuelas aprendiendo a montar en bicicleta. Muy divertido, dicho de forma malvada y horrible. Venganza sin violencia, mejor y más intelectual, jua, jua, jua. Vale, me estoy pasando de bobo.

Haciendo el tonto en un kayak

Hoy hizo bueno y, a mediodía, aprovechamos para ir a por el club de piragüismo. Forzamos los candados a base de clavo y martillo y después nos volvimos locos. Venga a sacar kayaks, a lanzarnos sobre ellos a sentarnos en ellos en tierra, a romper un timón... menos mal que hay muchos. Luego los sacamos al agua —más de los que necesitábamos— y nos pusimos a hacer el tonto en el agua hasta que nos agotamos.

Nos quedamos muy felices y blancos y fríos, como cubitos de hielo. Lo bueno es que nos valen para pescar, digo los de plástico naranja que te sientas encima. Porque los kayaks de meterse dentro son traicioneros y acabas en el agua. Hubiera sido más divertido en verano, pero ahora, a Fede se le congelaron las risas en un segundo.