La batalla

18 de enero de 7, miércoles

La sangre

Estábamos de nuevo en la playa, entre las rocas, luego te cuento por qué. Vimos a una fila de orcos. Creo que no nos vieron, pero sí al barco. Me comía mi propio corazón.

Marcos se pegó a las rocas, abrazando su escopeta. Mejor así, la escopeta es mejor en distancias cortas. Seleccioné fuego automático en mi fusil, la idea era asustarlos, que piensen que somos más. Bueno, se acercaron cuatro hombres, cinco mujeres, tres niños, uno, como de once años iba atado y tenía un ojo negro. Eran gente mala, seguro que querían nuestro barco.

—Marcos, vamos a disparar

—No.

—Sí, si nos roban el barco, morimos aquí

—Vale.

Marcos se transformó. Se le pusieron los ojos de cazar. No íbamos a advertir a esa gente, todavía tengo voz de niño, no los asustaría pero sabrían donde estábamos.

—Primero yo.

—Vale.

Apoyo el fusil, me preparo para la patada de la culata. El hombre más grande, que tenía melena de león, se pone a gritar a todos. Cambio de opinión, pongo el fusil en fuego selectivo. Está un poco lejos, pero con el fusil sé que le puedo dar. Alza con guión alineadas con el melenas, justo en su pecho, me lo pongo fácil. Inspiro, espiro, aprieto el gatillo. ¡Marcos dispara también!

¡Fuego automático! Ruedo por las rocas. Me duele y me da igual. Disparo, ruedo, disparo, ruedo, disparo, disparo, me sangran las manos, pero las balas no se me acaban nunca.

La mentira

—Miguel, ¡¿qué te pasa?!

Todo había sido una mentira de mi sueño. En sueños me había golpeado a mi mismo contra el casco del barco y ahora tenía sangre de verdad en los puños y en la frente. Pero no era nada. Es solo que cuando sueño no puedo controlar mi locura.