Descubrimientos alegres y tristes

9 de enero de 7, lunes

Las nasas

Nos despertamos, Lucía y yo, cuando todavía estaba la luna en el cielo oscuro para ir a comprobar las nasas. Llegamos al muelle con los pies cargados de barro hasta los tobillos y haciendo bailecitos de frío. Y entonces teníamos que meternos en un bote. Y dije

—¡El club de piragüismo!

—Paso, —me dijo Lucía—, no me siento tan aventurera.

—No me refiero a los kayaks, me refiero al club, puede que tengan ropa de esa de especial para el agua, para que no nos dé frío.

—Neoprenos, vale, es una idea.

Pero estaba cerrado con candado y aunque se veían los kayaks por las ventanas no podíamos entrar fácilmente. Así que nos resignamos, lo primero era conseguir la comida, así que cogimos un bote de uno de los barcos atracados y fuimos con él remando por dónde habíamos dejado las nasas.Canciones de Verano apareció en su sitio, resguardado con su lona azul, que había resistido bien el granizo de la noche anterior. Al llegar a las nasas, tiramos y sacamos montones de cangrejos pequeños. Los pobres hubieran podido huir de haber querido, pero llevan tanto tiempo sin que los pesquen que ni se dieron cuenta del peligro cuando los izamos. En fin, los metimos a todos en un cubo y para sopa.

Los importante

La tarde fue de explorar la isla en busca de comida. Encontramos manzanos y almendros, no demasiado estupendos, que nos darán fruta más tarde. También un supermercado donde estaba casi todo podrido hasta el punto en que ya no apesta y es solo una masa asquerosa y ennegrecida. Eso lo que no se comieron los ratones y los bichos. Así que, y en concreto, solo quedan latas y bolsas de sobres de sopa.

Por último, y esto era un truco de mi padre, fuimos a la farmacia a por pastillas de vitaminas y minerales y bolsas de polvos de batidos para adelgazar. Con todo esto y lo que ya teníamos calculo que tendremos comida para tres o cuatro meses, si pasamos algo de hambre. Después, o conseguimos sacar de la isla lo necesario o tendremos que irnos a otro lado o morir.

El descubrimiento más triste

Ana y Fede, que estaban descubriendo cosas por su cuenta, volvieron con cara de pena. ¿Te acuerdas cuándo te dije que no habíamos encontrado huesos de persona en la isla? Bueno, pues no habíamos mirado en todos los sitios. Entre los árboles Fede encontró los restos de una casucha y dentro el esqueleto de un viejo con su bastón. Lo de viejo se sabe por lo del bastón.

En fin no sé por qué nos pusimos tristes, como si no hubiésemos visto muertos antes. Lo más delirante es que si hubiéramos encontrado huesos el primer día, los habríamos puesto todos en una de las casas que habríamos llamado cementerio y adiós. Pero vamos a hacer un funeral mañana, con palabras de la Biblia y todo. Las diré yo, porque siempre me eligen para estas cosas. Me pregunto si algún día celebraremos una boda, eso sería genial, porque es la vida, o un bautismo de un bebé, que sería más vida todavía. Pero mañana toca la muerte, otra vez, y me va a salir otra cana.

(Sí, tengo algunas, pero no bonitas como la de los actores, sino esparcidas sin orden, escondidas entre los pelos normales. La primera me salió con nueve años. —Mamá lloró entonces, no sé por qué, no es tan malo como otras cosas que me habían pasado. Fede y Marcos también tienen canas. Aunque creo que antes hubiera sido muy raro ver canas en los niños.)