Los huesos de mamá

8 de enero de 7, domingo

Lo que me pasó por la noche

Pensaba que iba a ser una noche de morirse pero sobreviví. Lo que pasó es que empezó a caer granizo de ese pequeño, que te saca de quicio porque te crees que alguien te está tirando piedrecitas. Y yo con la preocupación de que venga alguien a matarnos por la noche. Me decía todo el rato: Miguel, es una tontería, aquí en la isla estamos seguros, pero no confío en mi mismo. Así que imagínate lo que pasé. Menos mal que no tenía que dormir. Si uno está así de alerta lo peor que te puede pasar es tener que dormir. Al final lo superé contando mis pasos: caminando despacio como una tortuga y concentrándome en mi misión de guarda. Eso funcionó: la mejor forma que sé de quitarme las preocupaciones es concentrarme mucho en otra cosa hasta que en mi cabeza solo hay sitio para lo que estoy haciendo.

El sueño de la torre

Cuando me dormí me volvió el sueño de la torre. Es un sueño que tengo desde que tenía nueve. Mamá vivía todavía y nos habíamos ido al monte, refugiados en una tienda de campaña. Fue entonces cuando aprendí a sobrevivir. La idea de mamá es que en el campo no nos contagiaríamos y tuvo razón durante mucho tiempo. Pero además del contagio también estaba la gente mala, los orcos, y nos teníamos que mudar casi todas las semanas y a veces huir a todo correr. Mi sueño vino en una noche de verano, dormíamos fuera de la tierra, descalzos y en calzoncillos, a pesar de los mosquitos porque el calor era peor y el sueño era así:

Estaba en un edificio gigante, de piedra, de hormigón y acero; de todas las cosas fuertes. En las ventanas habían ametralladoras de las más grandes y miles de cintas de munición. Pero no habían enemigos porque la torre debía darles miedo. Las paredes eran blancas y las puertas de madera y metal, y casi todo estaba vacío. No había nada natural dentro, eso era lo malo, y los pasillos eran tan grandes que siempre me pierdo y a veces no encuento a nadie. A veces solo veo monstruos.

Pero esta vez me encontré a mi madre y nos pusimos a hablar de la isla. Se la veía feliz, a pesar de las canas y las arrugas de preocupación. Y no le pregunté sobre la muerte, ni el sentido de la vida, ni sobre cómo estaba papá. Solo le pregunté sobre sus huesos y me dijo que estaban bien dónde estaban. Me sentí muy feliz.